El día de ayer parecía igual a todos los días: gris, desafiante, maldita. Me había levantado de mi cama un poco confundido, un poco somnoliento. Entonces me puse a pensar, a toser y a pronunciar palabras que no lograban enlazarse entre sí para formar
frases coherentes. Entonces escupí sobre la tele, no sin pocas razones,
que por ahora omitiré. Entonces lloré internamente. Entonces, bostecé.
Así paso el día hasta que de pronto yo estaba ahí: sentado en
la solitaria cocina de esa cosa a la que llamo hogar, mirando mi muy linda, taza de cocido. Esa taza de cocido que aún teniendo 7 cucharadas de azúcar desprendía ese
sabor amargo que tienen todas las tazas de cocido. Pocas personas lo saben, pero
cada vez que tomo una taza de cocido siento la incontrolable necesidad de patear un basurero. Miré a mis alrededores ; atrás de la heladera, de la
puerta de la cocina, en la sala de estar, en el
jardín... No encontré ninguno.
Salí a la calle en busca de
algún basurero y al fracasar en mi búsqueda, extendí ésta por todo el barrio y la ciudad. Toqué puertas, exploré shoppings, y pegué un letrero de "Se busca" en el Lido Bar pero NADA pasó.
Entonces atravesé el gran charco, viaje a Francia, anduve por el Champ Élysées (lo pronuncie bien? Champm Ileossassn?) , me subí por la Torre Eiffel. Encontré mucha gente, y encontré el amor con un parisino con quien tuve los mejores veinte minutos de mi vida. Pero no encontré ningún basurero.
Hoy estoy acá, junto a una nueva taza de cocino acompañado de un pan felipe de dos días que imagino que es un rico mixto,
reflexionando entre vagos e imcomprensibles pensamientos. Mis manos y mi cuerpo en general no están muy contentos con mi persona, con las personas, y al analizar toda esta
situación , la pregunta que no quiere callar es:
¿Dónde están los basureros cuando
se les necesita?.